Eco, eco.
No me dejas escuchar.
Los murmullos se desbordan en las calles,
las avenidas escupen motores,
y el silbido del viento se ahoga
bajo el peso del tráfico detenido.

En el Mercado San Juan de Dios,
las voces se apuñalan unas a otras,
cada vendedor grita su oferta
como si el silencio fuera un crimen.
Los trompetazos de los mariachis
se enredan con el alarido del camión
que frena de golpe en la Calzada.

Eco, eco.
No te puedes callar.
En Avenida Vallarta, los cláxones
se confunden con el parloteo de la gente
que entra y sale de los cafés,
donde el espresso se sirve con prisas
y la música ambiental se mezcla
con el lamento de una sirena a lo lejos.

Por más que intente hacerme escuchar,
mi voz se rompe entre las bocinas
que retumban en la Minerva,
donde los coches se embisten
con el ritmo implacable de la ciudad.
Los pasos resuenan en el Centro,
pisadas rápidas sobre la piedra,
un eco sin dueño que se hunde
bajo el canto agónico de los organilleros.

Aman el sonido de su propia voz,
como el locutor de la radio en un taxi,
como el predicador en Plaza Tapatía,
como el borracho en un callejón de Analco,
como la lluvia que se estrella
contra los techos de lámina,
como el trueno que llega tarde
a una tormenta que ya se ha ido.

Cortan gargantas,
apagan la flama.
Las luces del tren ligero parpadean,
el rechinar de los rieles sacude los huesos.
Una bocina revienta en López Mateos,
la voz metálica del altavoz en la estación
repite un mensaje que nadie escucha.

Eco, eco.
No puedes escapar.
Ni el amanecer en Chapultepec
ni la madrugada en Oblatos
ofrecen tregua al estruendo.
Las sombras caminan entre murmullos,
las paredes absorben los susurros
de quienes han aprendido a callar.

Nuestro fuego se propaga sin parar.
Los grafitis en las calles cuentan historias
que nadie se detiene a leer,
las paredes gimen al ser cubiertas
de un nuevo anuncio, de una nueva voz
que se suma al alud de sonidos
sin dueño, sin pausa, sin final.

Eco, eco.
La lluvia no nos acabará.
Cae con furia sobre el concreto,
baila sobre los parabrisas
y se filtra en el grito de la ciudad,
pero nunca lo apaga.
El trueno grita, el relámpago corta el cielo,
pero el eco sigue,
retumba en cada rincón,
en cada calle,
en cada boca que no sabe callar.

Raíces Desarraigadas

Las calles ya no saben mi nombre,
el viento susurra en otra lengua,
las sombras de siempre se alargan
sobre muros ajenos, sobre puertas cerradas.

El café de la esquina ha cambiado,
ahora es brillante, impoluto, distante,
los rostros de siempre se han ido,
reemplazados por miradas que no me conocen.

Las casas respiran un aire distinto,
las manos que las habitan
no recuerdan los juegos en la acera,
las risas que quedaron atrapadas en sus muros.

Aquí plantamos nuestras vidas,
construimos sueños con sudor y esperanza,
pero las raíces se arrancan con cheques
y las promesas se venden al mejor postor.

Nos vamos con el eco de nuestras voces,
con la historia a cuestas,
con el hogar reducido a un recuerdo
que ya no cabe en este barrio nuevo.

Pero la memoria es terco testigo,
y aunque nos empujen lejos,
seguiremos siendo las huellas
que el asfalto no podrá borrar.

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